San Juan de Ávila Los cargos públicos sólo con desearlos no son dignos de merecerlos”

(S. Juan de Ávila)


          I

 A Catalina


Querías ser madre, y Dios
no te concedía el privilegio,
Catalina, tu fe  profunda,

los ruegos y plegarias,
el sacrificio de subir
con una soga ceñida al cuerpo
¡durante trece días!
a la Ermita de Sta. Brigida,
descalza, subiendo la cima,
el sudor y la sangre derramada
conmovieron al Creador
y la semilla germinó en tu vientre.

La recompensa fue infinita,
recibisteis Alonso y tú
a vuestro único hijo Juan,
vio la luz de este mundo
un seis de enero,
en los días más fríos de invierno;
han pasado cinco siglos
y su espíritu aun vive.

              II

   A Juan


Desde tu infancia
dabas testimonio de ser diferente,
eras humilde,
a pesar de los bienes
que poseías en la tierra.

Siendo niño, pides a tus padres
un lugar para orar
en tu propia casa
para no molestar
ni ser molestado.

Me sorprende
que cambiaras tus ropas nuevas
por otras ropas usadas.
Los bienes materiales
carecen de valor.
La verdadera riqueza
la llevamos oculta,
y a tu corta edad
lo habías descubierto.

Recibes amor y cuidados,
tus padres te enviaron
a estudiar  leyes a Salamanca
y allí, en tierras castellanas,
escuchas la llamada de la vocación.

Abandonas todo, y vuelves
a  Almodóvar del Campo,
te entregas a la oración y penitencia,
¿orabas en la cueva?.
El Espíritu Santo aún la preside,
el manantial sigue brotando.
La estancia invita a la meditación
y al recogimiento;
conozco el lugar,
cierro los ojos, y me traslado
a la profundidad de la tierra.

Dices tu primera misa
en tu pueblo natal
“para honrar los huesos de tus padres”;
te hiciste acompañar de doce pobres,
los vestiste a los doce
y los obsequiaste con un banquete
no sin antes lavarles los pies.

Imitabas a Jesucristo.
¿Ellos eran los doce apóstoles?
Repartes entre los pobres
la hacienda que heredaste.

Escribe Fray Luis de Granada que…
“En todo el tiempo que vivió
no tuvo nada, ni quiso nada,
ni nada le faltó.
Por no tener lo poseyó todo”

El propósito de ir a América
de misionero
no se iba a realizar,
veías partir con nostalgia
desde el río Guadalquivir
a otros religiosos que embarcaban.

Te entregas al sacerdocio
y te ordenan quedarte en Andalucía,
aceptaste sin queja,
obedeciste sin amargura.

Pronunciaste tu primer sermón en Sevilla,
al subir al púlpito sientes
que no hay saliva en tu boca,
de pronto te sobrepones
y las palabras brotan de tus labios
como hiervas silvestres en primavera.

Serías un gran predicador.
Tienes una  intensa vida espiritual
y una intensa dedicación a la oración.

Influyes en las personas de tu tiempo,
muchas situaciones se trasladan
al presente,
tu luz nos ilumina
a los que caminamos a oscuras
y sirves de estímulo
en horas bajas;
seguimos tus pasos
en busca de la verdad;
enséñanos a gozar
con las cosas sencillas,
eres el Maestro.
Por eso te suplico
que desaparezca el odio entre los hombres,
pues quiero
que vuelen palomas blancas sobre la tierra.

Los últimos años de tu vida
te retiraste a la ciudad de Montilla,
tu devoción por la Eucaristía
y la adoración del Señor
te consumían las horas,
la oración ante el Crucifijo
fue tan intensa
que el propio crucificado te habló.

Escuchaste la voz del “Pastor”,
el gozo fue tan grande
que tu rostro se transfiguró
y rebosaba de alegría,
de ello dan testimonio
todos los que estaban presentes
en aquella  bendita hora.

Los dolores se instalaron en tu cuerpo,
pensabas que era flaqueza quejarte
y pedirle a Dios que cesara el sufrimiento.

Maestro Juan de Ávila,
presentías el fin,
y la muerte llegó
en las primeras horas de la madrugada,
exclamaste en tu agonía:
“Ya no tengo pena de este negocio”,
y tus labios se cerraron para siempre.