Santa Teresa de JesúsTeresa está en la tarde, que se agranda
cuando pongo mis manos en las páginas
de su espléndido espíritu,
su coraje de árbol contra el viento,
sus sabores frutales disparándose…

Teresa que, en el fondo, así me habla
(aunque parezca un sueño
que mis imperfecciones no merecen..):

Si me buscas, no dudes en que pones
tus ojos en la humilde plenitud
de quien busca abrasarse, arder como una zarza
soplada por la brisa redentora
de un Amor que enajena… (Pero antes
trata de estar poniéndote cara de redimido, por favor,
o de resucitado, que es igual..)

Y me regala
su voz más que incisiva, llenándome al leer
su Libro de la Vida.

Algunas anchas tardes –tan íntimas, tan llenas
de un más allá de mí, según voy escuchándola–.

El paisaje remoto de sus conversaciones
–desde Ávila en marzo y con ventisca-
tan limpio y excitante como estos
momentos de escucharla en la escritura
de su arder de paloma.. (Ayer, remotamente,
pero, igual, ahora mismo, porque lo remoto
de sus confesiones es vida como la del sol,
tan lejano en los siglos, pero fuente
de energía y calor que está nutriéndonos
en este mismo instante.)

–Procura poner cara de redimido, por favor.. ¿ Quieres que hablemos de aquel salmo que dice que los que sembraron
con lágrimas, cosechan con divinas alegrías…?

Y Teresa perdona mis distancias y mis desnortamientos
con el vuelo imparable de su verbo que va moviendo al ritmo de su sangre: moviéndolo lo mismo que mueve ese rotundo manantial de su alma, amparada en el ímpetu
de sus puras certezas, hiladas con ternuras transparentes, jamás con tono enfático de santa, jamás un espejismo
su vigilante floración de bálsamo,

sus núbiles pasiones tan dentro de una cárcel
de Amor que nunca pone cerrojos en sus puertas..

Un exceso de trascender lo humano el portento tangible de la revelación de su jadeo, gozoso por la escala
de lo divino: ansias de, pronunciando a Dios entre pucheros, florecer el perfume que surge a su contacto.

Y cómo no entender –aun no entendiendo—
que Dios y quien lo dice y lo celebra se hacen nitidez de una esperanza que limpia nuestro barro y lo sumerge
en ansias de Absoluto..?
Y cómo no leerla y releerla, y palpar el favor de su mensaje..? Lastimada de edén, más que un cristal que a fondo va engastándose en impacientes tránsitos
de una hermosa fatiga por un bosque de zarzas,
ausente de su ego, tan pobre su humildad
como pobre el tan débil parpadeo del candil de su celda..

Teresa de Jesús, la que detiene las palabras en este
credo de su sabiduría: todo pasa,
pasan las cosas, pero Dios se queda.

…………………………………………

Luego mis anchas tardes
de Castilla se van hacia su ocaso,
y, según voy cerrando
su Libro de la vida, Teresa me insinúa
una cierta sonrisa
contra la hostilidad de mi intemperie.

Y se escuchan, perennes, sus pisadas de lumbre,
abrasando las nieblas
del corazón que, frío, no encienda en su memoria
que Dios no es una nube que apenas roza el mundo,
sino lluvia impaciente que siempre está volviendo
a salvar nuestra sed samaritana;
que Dios nUnca se llama miedo, ni lo lejano.. Ni tristeza.

Teresa de Jesús, la desasida de sí, para perderse
y hallarse en lo Total definitivo.
Y donarlo y cantarlo con la fuerza
de su gracia que no cabe sentirla
si no es como una fuente que, estremecida, canta
su fuerza de torrente desbordándose…