“Mirad que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano". (Jer. 18,1-6) "Gracias, Padre, mi vida es tu vida,
tus manos amasan mi barro,
mi alma es tu aliento divino,
tu sonrisa en mis ojos está”

Empezar y volver a empezar cada curso y cada día es una inmensa alegría y una bella responsabilidad para  los que educan y para los educandos.

Desde nuestra concepción cristiana de la vida, Dios creó todas las cosas, hizo al hombre a su imagen y semejanza, simbólicamente hablando Dios tomó un poco de barro y formó- como buen artífice- una hermosa  imagen. Tenía ojos, boca, oídos…, pero le faltaba  el alma; “el aliento” divino sopló sobre aquella imagen y  quedó convertido en hombre viviente.

 

Luego, por su Espíritu Santo, Dios, como divino alfarero va modelando cada día el cuerpo y el alma de cada persona. Si Dios un día se durmiera, se despertaría sin nada.

La Biblia tiene páginas preciosas sobre Dios cuidando de cada persona:

“Mirad que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano". (Jer. 18,1-6)

"Cuando Israel era niño, yo lo amé... Yo enseñé a andar a Efraín, tomándole por los brazos, pero ellos no sabían que yo los cuidaba... Yo era para ellos como  los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba  hacía él y le daba de comer” (Os. 11,1-4 )

Quien es barro dócil en las manos de Dios puede llegar a ser  una imagen viva capaz de  embellecer  el mundo  y educar, haciendo una  nueva humanidad. “Hombres nuevos creadores de la historia, constructores de nueva humanidad”.

Una persona que se vive diariamente en manos de Dios, que, a través de la oración profunda,  el alimento de los sacramentos y la formación, va dejando lugar a que sea el Espíritu de Dios quien le modele en su pensar, sentir, aspirar y vivir, es quien mejor se encuentra equipado para ser un buen educador: en el hogar, en la escuela, en la catequesis.

Educar es fundamentalmente trasmitir unos valores cristianos que  primero se hacen carne y gozo en la propia existencia y, luego, especialmente a través del testimonio, primero y la palabra, después sirven para que el educando, como barro dócil, se abra a la labor  que el  Artesano divino quiere hacer, mediante su gracia y la gracia instrumental del educador, de  la vida de cada uno según el proyecto que desde la eternidad está en la mente y el corazón  de Dios.

¡Qué bella labor ser artesanos-educadores- en las manos del Artesano divino!