Agustina Arriaga Fúnez con su marido Robustiano Despertando recuerdos de nuestro pueblo…

Robustiano, esposo de Agustina, nos recibe en su casa al  atardecer unos días atrás. Nos invita a entrar, guiándonos hasta el saloncito donde nos espera nuestra protagonista. Está sentada cómodamente en su sillón y conectada al oxigeno que necesita para ayudarle a superar su fatiga.

Nos recibe con su enorme simpatía y cariño, cualidades que posee a raudales. Con un gesto rápido, se retira el oxigeno, que no se vuelve a poner.

Nos enseña su cuaderno en el que escribe cada vez que le viene el deseo.

Todas las paredes de su estancia dan testimonio del gran valor y amor a la familia. Testigo de ello, el gran número de retratos. El más antiguo, el de los padres de Agustina. En otro ángulo, el de Robustiano en la mili. Al lado, formando pareja, el de Agustina, siendo una jovencita.

La foto de boda da paso a la galería de fotografías de los hijos y nietos. La más grande y numerosa es una foto de sus bodas de oro, rodeados de los hijos, nueras, yerno, nietos, nietas y biznietos. En el centro, Agustina y Robustiano, presidiendo con su fuerza  como las raíces de un árbol.

P.- Agustina, eres de Almodóvar.  Para los que no te conozcan,  cuéntanos.

R.- Mi familia, como yo, somos todos de Almodóvar, donde hemos vivido siempre. Mis padres: Manuel Arriaga Barona y Angelita Funez Valdés. Hemos sido cuatro hermanos, tres varones y yo la  única mujer, que era la segunda, por edad.

P.- ¿Qué profesión tenía tu padre?

R.- Mi padre era gañán en las faenas agrícolas. Trabajó con la familia de los Lara, toda la vida. Pues mi padre era primo de la abuela de Pepe Lara, que se llamaba Carmen y su marido Francisco. Se lo llevaron allí a la casa, de chico, con nueve años.
Así era como empezaban a trabajar en aquel tiempo. Siendo niños, la mayoría de las veces, no habían visto ni las letras. Poca escuela y mucho trabajo.

“Qué bonito está un gañán
en una larga mesana,
con unos buenos campanillos
Y una yunta jerezana”
 
Agustina Arriaga Fúnez P.- Recuerdas tu primera escuela.
R.- Fui a la escuela de Santa Santos. Eran dos hermanas solteras: Santa y Pepa, que tenían escuela en su casa. Al final de  la calle Toril, por el numero 34. Cada niño llevábamos nuestra sillita o banquete. De ahí pasé a las Escuelas  Nacionales, que estaban en la calle Corredera.
Con unos  doce años dejé la escuela, cuando mi madre comprendió que ya tenía edad para navegar en la casa. Pero a pesar de haber ido poco, siempre me gustó mucho escribir y leer. Hoy, a pesar de mis 86 años, sigo escribiendo todos los días. Tengo aquí mi cuaderno, siempre a mi lado.
 
Al atardecer, cansada y harta de tanta tele, me pongo a escribir poesías y canciones de las que se cantaban en la aceituna; cuando las muchachas hacíamos las haciendas de la casa o nos poníamos a coser: dichos de pueblos.
 
También tengo escritos los apellidos y los nombres de  mis abuelos, de mis suegros, de todos los que me acuerdo de mi familia. Ahora con mi edad y con los pocos años que estuve en la escuela, cuando me pongo a escribir o me faltan o me sobran letras en las palabras, pero yo escribo. Leo mucho mejor que escribo, pero las dos cosas me siguen gustando y las necesito. Son parte de mi vida.

P.- ¿Con lo que te han gustado las letras, no has pensado volver a la escuela de adultos?
 
R.- Aquí al lado de casa, vinieron a dar los cursos de adultos. Yo fui para aprender más, pero cuando vi que empezaban con silla y mesa, para personas que no sabían ni leer ni escribir… Estuve yendo unos días, pero vi que me aburría, porque seguían con silla y mesa y no adelantaban.
 
“Yo, pa esto, pa qué voy a venir”. Si hubiese seguido yendo, no a este sitio, sino a otro, hubiese aprendido. Yo veo, ahora mismo, como en la tele salen muchas, ya mayores y aprenden.

P.- Ya tenemos a Agustina con los doce años cumplidos. Ha dejado la escuela, qué tareas tenía una niña de esa edad.
 
R.- Hacíamos de todo. Las haciendas de la mujer de entonces eran muy duras. Se ocupaban de la casa sin los adelantos  de ahora: se fregaban los suelos de rodillas, en el cubo llevábamos  un estropajo y una bayeta, con lo que restregábamos las baldosas de entones.
 
Las camas no se hacían estirando las sábanas, tenías que mullir el colchón que era de lana, para que los vellones quedaran mullidos y sin hoyos.
 
Para cocinar y dar calor a la casa se encendía el fuego en la chimenea. El que tenía leña, con leña y el que disponía de carbón, con carbón. Fuego que se mantenía todo el día encendido.  Allí se guisaba almuerzo, comida y cena; con el puchero siempre en las brasas.
 
Agustina Arriaga Fúnez Se encendía el brasero de picón, para colocarlo bajo las faldillas de la mesa camilla.
 
En el horno, que se tenía en las casas,  se cocía el pan para el consumo de la familia y los dulces.
 
Pintábamos y enjalbegábamos nuestra casa, con nuestras propias manos.
 
Se iba a la fuente a por agua con los cántaros de barro.
 
Nos hacíamos la ropa, la nuestra, la de nuestro padre y  hermanos.
 
Se iba a lavar la ropa al huerto con el jabón de sosa que habíamos hecho en casa, aprovechando los aceites o pringues, que nunca se tiraban.
 
Se cuidaba de nuestros mayores, padres, suegros, tíos, hermanos. Nadie quedaba desamparado.
 
A hijos los criábamos en casa. No había guarderías que nos ayudaran. Los llevábamos a todos sitios con nosotros, como podíamos.
 
Ayudábamos en las tareas agrícolas, como la aceituna y la vendimia. También he ido a vender melones e higos, subida en el  borrico,  al mercado de Puertollano.

P.- ¿Cómo se lavaba la ropa en el huerto?
 
R.-  Mi abuelo tenía un lavadero público, el huerto “Picunela”, que estaba, según vas para la huerta Cuellar, a mano derecha.
 
A mi abuelo le decían Pedro “Picunela”.
 
Allí iban las Corsarias. ¿Vosotras sabéis lo que eran las corsarias?  Pues mujeres a las que se les daba la ropa para que te la lavaran, pagándoles. Cuando se pasaban por la mañana a las casas a recoger la ropa sucia, se les entregaba el pedazo de jabón  de sosa con el que tenían que lavarla.
 
A lo mejor mi abuelo cobraba  20 céntimos por cada  cesto de ropa que lavaban. Luego fueron dando algo más, según las épocas.
 
El lavadero tenía un albercón, largo y rectangular, para  remojar la ropa. Que se decía al primer lavao. Luego tenía otro redondo. Los albercones,  se dividían en cuatro cuarterones. Uno  para el primer lavao, otro para el segundo y luego otros dos para aclarar la ropa blanca, unas veces con el “azulete” y otras sin él. Y otro la de color. Todo el día restregando, ya hiciese frio, calor, lloviera o cayeran chuzos. Pedazo de jabón de sosa en la mano y a restregar.
 
Las piletas de los albercones estaban a la altura de la cintura de las mujeres. Tenían unas piedras inclinadas, donde se restregaba la ropa, a modo de tabla de lavar.
 
Algunas mujeres se llevaban su tabla de madera, en forma de ondas  y la colocaban sobre la piedra para restregar con más facilidad.
 
Agustina Arriaga Fúnez con su marido Robustiano Cogía el cántaro del agua y me iba al ladrón. Al pilar del ladroncito. Cuando estaba la fuente en el centro de la plazoleta. ¡Que, voy a por agua Madre…!
 
Aunque no hiciera falta.
 
Como yo he vivido en la calle las huertas, me escapaba enseguida. El novio, solicitaba del  padre  poder hablar con la novia en la puerta, “pedían puerta”. A partir de ese momento, por las noches, al terminar la jornada, podía visitar a la novia con más intimidad y tranquilidad, porque tenían permiso para ello.
 
Nosotros nos hicimos novios con diecisiete años, a últimos del treinta y nueve y principios del cuarenta y nos casamos en el año 1950.
 
Diez años de novios…y ya hemos hecho nuestras bodas de oro.
 
Otra etapa de nuestra noviez, cuando se fue a la mili. Sirvió en Larache, en Marruecos. Estuvo dos años. La primera vez que vino con permiso fue a los diecinueve meses, ya casi no nos conocíamos. Continuamos la noviez por carta.
Cuando el novio estaba fuera, la novia apenas salía porque al novio no le gustaba, pues te podía salir otro.

“Para qué vienes a verme
la noche de la tormenta,
si no puedo, vida mía,
salir contigo a la puerta”

P.- Qué recuerdos y vivencias, guardas de tu juventud. De la romería de Santa Brígida.
 
R.- A la romería se ha subido de siempre. Ya ves, subir a la Santa era una alegría tan grande... Mirad, una vez mi madre ofreció enjalbegar, por dentro y por fuera la ermita de Santa Brígida. Subíamos con la cal, la caña y  el guisopo. La gente que quería ayudar se unía al grupo. Luego mi madre preparó una comida para toda la cuadrilla. Todo esto lo ofreció para dar gracias a la Santa.
 
Mi madre es que era muy de dar gracias y de ofrecer. En otra ocasión yo gasté dos hábitos de San Juan Bautista. Blancos con su Cruz Trinitaria. Otras veces se hacía mucho caso de las madres y si tu madre lo ofrecía, tú te lo ponías con gusto.
 
Mirad, cuando yo me casé, hacía año y medio que se había muerto mi hermano el pequeño, que murió con quince años. Y entonces, dijo mi madre que no iba de blanco y me casé de negro, de corto y de negro, con un sombrerito. 
 
Les tengo dicho: cuando yo me muera, ponerme lo que queráis, pero a mí no pongáis de negro. Me casé con disgusto de negro y no quiero ir al cielo de negro. 

Agustina Arriaga Fúnez con su marido Robustiano P.- ¿Cómo se vivían los lutos de entonces?

R.- Yo empecé viviendo los lutos, como os he dicho,  casándome de negro, ya llevaba año y medio de luto. Con el pañuelo negro en la cabeza, medias negras y ropa rigurosamente negra.
 
Luego, muere mi madre en el año 60 y, a los cuatro meses, muere otro hermano mío. Con mi madre iba a llevarle el luto otro año y medio. Al haber muerto mi hermano, les llevé dos años de luto.
 
Muere mi padre, aunque ya no se llevaba tanto, no lo iba a hacer menos y  lo tuve seis meses.
 
Entrabas a la casa. Te quitabas el velo, lo dejabas en el respaldo de la silla. Te ponías el pañuelo. Volvías a salir, te ponías otra vez el velo de gasa. El luto no solo era el vestir de negro. No se salía a nada. Para ti no había fiestas. Venían a rezar el rosario y las letanías a las casas y venía la familia, las vecinas y las amistades. Una rezadora, al atardecer, se encargaba de dirigir el rosario. Eran las encargadas de ir a rezar, en los duelos a las casas.

P.- Háblanos de las bodas.
 
R.- Por la mañana, te ponías un traje nuevo para ir a confesar. Los padrinos acompañaban al novio y la novia. Luego por la tarde, sobre las cuatro o las cinco, se celebraba la boda.
 
El padrino llevaba a la novia a la Iglesia y el novio iba acompañado de la madrina.
 
Detrás, los familiares e invitados.
 
Las vecinas se acercaban a la casa a ver a la novia y la gente se asomaba a la calle a ver pasar a los novios, andando.
 
Una vez casados, todos los familiares e invitados iban a casa del novio, donde se hacía “el gasto”. Eran las bodas de chocolate; chocolate, torta, refrescos y los anises. Se preparaba la casa del novio, desalojando todas las habitaciones, que se convertirían en salones de banquete de boda. Se adornaban, colgando de las paredes “Las marinas”, que eran cuadros rectangulares con dibujos alusivos; paisajes de mar y ninfas, típicos en los comedores de la época.
 
Las vecinas traían sus sillas, señalándolas, para luego no confundirlas. Por la noche se celebraba una cena más íntima, sólo para la familia. Y al día siguiente, la tornaboda.
 
Por la mañana, se les llevaba el chocolate a los novios.

¿Cuándo querrá Dios del cielo
y la Virgen del Pilar
que tu ropita y la mía
juntas las lleven a lavar?

 ¡Felicitamos a Agustina y Robustiano por saber disfrutar la vida!