1. LA DUREZA:

La dureza es síntoma de vejez, cuando el cuerpo se acorcha y se arruga, cuando pierde frescura y sensibilidad, cuando los movimientos son más rígidos y menos flexibles. Toda la vida se resiente de pesadez y opacidad.

La dureza es síntoma también de la vejez del alma, es decir, del pecado. El alma que vive en pecado se seca. El pecado es un vampiro del alma, que le chupa lentamente su jugo y su savia hasta dejarla convertida, no ya en paja, sino en piedra.

El pecado es la falta de amor, o sea, falta de calor, falta de riego -la esclerosis-, falta de comunicación, falta de vida.

El egoísta es un tipo con callos en el alma, al que ya nada le importa, el que nada siente, el que se instala en el pasatiempo y la rutina, que es considerada como la carcoma del espíritu.

En la Biblia es clásica la dureza espiritual del faraón. Se repite el estribillo «y el corazón del faraón se endureció» (Ex 7, 13.22…).

Son también constantes los reproches a la dureza del pueblo: de cabeza dura, de dura cerviz, duros oídos y, sobre todo, de duro, durísimo corazón, como un pedernal (cf. Ex 32, 9; Ez 36, 26; Is. 6,10; Mt 13,15; Jn, 12, 40; Hech. 28, 27).

Es un pueblo que se parece más a la tierra pedregosa que a la buena. Necesita, por tanto, abrir sus duros oídos y cambiar su durísimo corazón, es decir, la conversión. Y el pueblo de Dios somos nosotros.

2.-OIDOS ENDURECIDOS:

Es la sordera. Tenemos los oídos bien taponados con la cera de nuestros intereses. Una sordera interesada, la del que no quiere oír.

La raíz de esa sordera no está en el oído sino en el corazón.

Sólo se ve bien y sólo se oye bien desde el corazón.

Esta sordera interior nos lleva al autismo más empobrecedor.

Cuando uno sólo escucha lo que le interesa, se repliega sobre sí mismo, viviendo en sí y para sí. Es un pequeño monstruo o un estúpido narciso.

No queremos escuchar todo aquello que nos interpela y nos compromete. Preferimos vivir en la placidez de nuestra sordera, bien administrada.

No podremos escuchar:

-La voz del pobre, un verdadero clamor. ¿Cómo es posible, Dios mío, que no lo oigamos? -La voz del otro, cualquiera que sea, que me está interpelando en cada momento.

– La voz de Dios, toda una tormenta de palabras.

En esta Cuaresma tenemos que pedir a Cristo que meta sus dedos en nuestros oídos y diga: ¡Abríos!

3.-DUREZA DE LA MENTE

No hablamos de los que defienden con solidez sus ideas y convencimientos, sino de los que tienen ideas fijas, de los que se creen en posesión de la verdad, de los que son autosuficientes y ya se lo saben todo y se las saben todas, de los que están de vuelta de todo.

Sus ideas y sus criterios han cristalizado de tal manera que son incapaces de renovación y enriquecimiento.

Desde esta postura se hace imposible el acceso a la fe. Tienen demasiadas respuestas, y, para creer, lo que se necesita son muchas preguntas.

Se hace imposible también el acceso a otras verdades, a otras culturas, a otras costumbres, a otras creencias.

Imposible el diálogo, la democracia, la convivencia, el sentido del humor.

A donde fácilmente conduce esta postura es a la intolerancia, al fanatismo, sea religioso, sea político; al fundamentalismo, al fascismo, al terrorismo -machacar como sea al otro-, al triunfo de los prejuicios; a la dureza en los juicios, en las palabras, en los comportamientos.

¿Hay alguien más repelente que un intransigente?

Repelente y peligroso.

Algunas cabezas apostólicas fueron también difíciles de cambiar. ¡Qué paciencia hubo de tener Jesús con ellos! Al final tuvo que apelar, para conseguirlo, a la ayuda del Espíritu.

4.-DUREZA DE CORAZON:

Llamamos corazón al núcleo íntimo del ser, en donde se estructura la persona, en donde se deciden las opciones fundamentales y las actitudes vitales.

El corazón duro es sinónimo de falta de sentimientos o de entrañas. Es, por tanto, inmisericorde, egoísta, violento. Es decir, un corazón que no ama.

En un sentido más amplio, la dureza del corazón significa incapacidad para cambiar de conducta, para la conversión.

El corazón duro es como tierra asfaltada, que no se abre a ninguna semilla y a ningún riego fecundante. Es corazón de piedra, al que todo le resbala. Es corazón frío, incapaz de emoción y de compasión. Es corazón cerrado.

Necesitamos un verdadero trasplante, cambiar el corazón viejo por uno nuevo, el corazón pequeño por uno grande, el corazón encogido por uno valeroso, el corazón de piedra por uno de carne.

Un corazón de carne es un corazón capaz de compadecer, de comprometerse con el otro y meterlo dentro de sí, capaz de amor y de entrega, un corazón que se parece al de Dios. Un trasplante así es un verdadero milagro, reservado a la técnica del Espíritu.

5.- QUE LLUEVA:

¿Qué se puede hacer para ablandar el oído, la mente y el corazón? Preguntamos al Espíritu y nos responde: que llueva, es necesaria una lluvia abundante. La lluvia de la gracia, desde luego, pero también la lluvia de las lágrimas, que no deja de ser gracia.

Que llueva mucho sobre la tierra seca hasta que se ablande.

6.- AGUA DE LA ROCA

Pedimos a Dios, que es capaz de sacar agua de la roca, que ponga una fuente en la roca de nuestro corazón. Tendrá que golpearle primero el corazón con la vara de su Espíritu.

Pues eso, que llueva. Que el mismo Espíritu «riegue nuestra sequía» y ablande nuestra dureza». «Así como la tierra árida no da fruto si no recibe el agua, así también nosotros… sin esta gratuita lluvia de lo alto» (San Ireneo). Que el mismo Espíritu se convierta en un manantial vivo dentro de nosotros. «De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu» (Jn 7, 38-39).

Que llueva. Hoy queremos optar por una nueva revolución, la de las lágrimas. Si el hombre aprende a llorar, sus lágrimas se convertirán en semillas de un mundo nuevo. Las lágrimas ablandarán los corazones humanos, y las relaciones humanas, y las estructuras humanas. Lágrimas, es decir, de la compasión y la solidaridad.

(De la Rvta. de Cáritas)