Octubre 2007

ImageVamos a recordar durante nueve días a todos nuestros seres queridos, que partieron  de este mundo y de nuestro lado. Haremos esta memoria en la celebración de la Eucaristía, presencia invisible y real de Cristo Resucitado. Qué fuerte sería recordarlos como desaparecidos y apagados para siempre en la oscuridad de la nada.

    La muerte y el dolor son componentes esenciales de nuestra existencia. Según sea nuestra actitud mental y cordial ante ellos, así será nuestra reacción sentimental ante  la pérdida de un ser querido o ante el sufrimiento.

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«Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
             de alegría perpetua a tu derecha»
 
(Sal 16,11).

    Del problema al misterio

    La muerte para el creyente es algo más que un mero  problema físico-psíquico que tarde o temprano habrá que afrontar. Y aunque muchos traten de vivir lo mejor posible dejando a un lado esta cuestión, despachándola con un «ya se verá cuando llegue el va momento...», a nadie se le escapa que la muerte, su muerte, es un verdadero problema. Por un lado, constituye algo natural, universal, es parte de la vida. Por otro lado, la aniquilación que provoca nos sabe a absurda contradicción, pues se opone a nuestro noble deseo de vivir y perdurar.

Image El domingo 21 de Octubre hemos celebrado el día de las Misiones. Y hemos recordado a los misioneros.

    El trabajo del misionero/a es muy duro, pero al mismo tiempo es muy agradable; pues, con su labor ayudan a mucha gente pobre y, sobre todo, a los niños.

    El misionero participa en proyectos de educación para la paz y la tolerancia, que tratan de ayudar a los centros escolares a tener herramientas de trabajo ante el racismo y la intolerancia y  ayudar a los alumnos a tener pensamientos de respeto hacia las personas que son diferentes.

ImageHola Jesús,

    Te escribo esta carta para contarte mis ansias de vivir. Noto en mi juventud que tengo energías enormes para desplegarlas en favor del Evangelio y de la gente que me rodea. La vida, dada por ti en colaboración con mis padres, es la quintaesencia de tus dones otorgados al ser humano.

    La vida no es un motor que se ponga en marcha a lo loco. Es algo distinto. Es la señal de tu bendición y de tu gloria manifestada en mis sonrisas, en mis anhelos de perfección, en el eterno palpitar de mi corazón derramando bondad a todo el mundo.

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Cada día, Señor, es un regalo.
Un don divino de tu mano “humana”.
 
La que dio luz a tantos ojos ciegos,
cuando su noche oscura iluminaba.
La que dio savia nueva a los tullidos
y acarició la arena de la playa.

La que partía el pan. La que una tarde
quedó inmóvil, sangrienta y enclavada.
 

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