EL AMA DE CASA RURAL

La humildad, el buen corazón, la amabilidad y la dulzura en el trato, cautivan extraordinariamente.

“Ama de casa”, condición temperamental y de voluntad que precisa le animen en todo instante. La tarea de ama de casa no es labor fácil, aún más dura en el ambiente rural.

El éxito del ama de casa, en su tarea, se basa en su voluntad y en su cultura. La voluntad, está supeditada al esfuerzo, y este queda compensado, con creces, por el gozo de regir y desarrollar una familia. La cultura del ama de casa no puede quedar estancada, y es por ello que las mujeres han de procurar ir incrementando constantemente sus conocimientos.

El hogar es el santuario de la familia; en él ha de reinar Dios.

TERESA BARTINA MARULL
Ama
Resumen de economía doméstica

P.- Vamos a conocer un poco más la vida de Teresa; esta ama de casa almodovareña. Casada con Bautista Viñas García  y madre de Angelines y Antonio.

R.-  Nací en el año 1923. En octubre, el día 26, hará 62 años que nos casamos. Yo tenía 24 y él 26 años.
Fue a los 19 años cuando formé relación con Bautista; porque antes de esta edad era impensable que una niñita con quince o dieciséis, se le acercase un hombre; ¡ Buenos eran nuestros padres!…

P.- Cómo fue vuestra noviez.

R.- Nuestra noviez, muy bien. En aquellos tiempos en los que los novios siempre tenían que ir acompañados de “carabinas”; nosotros,  tuvimos la suerte de que mi hermano estuviera casado con María, la hermana de Bautista. Cuando íbamos al cine o al teatro, al baile y a todo lo que por entonces podían ir los jóvenes, teníamos que ir siempre acompañados por ellos, y  nosotros encantados. Solos no podíamos ir nunca, ni nosotros ni nadie.

Recuerdo un año que estábamos en casa, en plena matanza y una prima hermana mía, me dice: “Teresa hay un cine precioso”. Echan “La Lola se va a los Puertos”. “¿Quieres que vayamos? . “ Le dije: “anda, pues claro”.

Porque a mí me gustaba mucho el cine, y a toda nuestra juventud. “Pero… ¿mi padre me va a dejar?”. (Ya éramos novios).

Mi padre a mi me adoraba. Ya comiendo, aprovecho el momento que me pareció más oportuno, y le digo: “Padre, mira, hay una cinta muy bonita (“La Lola se va a los Puertos”) querríamos ir al cine… y me contesta: “bueno, ir, pero ¿quiénes?” Y le respondo:“Pues Seberiana (que era novia con Francisco) y yo con Bautista”;  “las dos parejas, padre”. Y mi padre con mucha guasita contesta.” ¡Ah  Que bien ¡ Pues me parece que cine no va a haber”.

Al rato me vio así, disgustadilla y me dijo “hija, tú quieres ir”. Le dije:“Pues si padre, porque me gusta y es bonita”.  Y me dijo:“Bueno, pues veis, pero Antonio tiene que ir con vosotros” . Y mi hermano se sentó en medio de las dos parejas.

P. Teresa, su generación vive los inicios del cine.

R.-Mi primer recuerdo del cine es en la plaza, en fiestas. Ponían una tela blanca, muy grande, como pantalla que atravesaba la plaza de parte a parte. Se recogía, enrollada durante los encierros y la corrida de toros; al oscurecer del día, se desplegaba como una gran sábana, y todos los vecinos con nuestras silla en la mano, deprisa, deprisa para coger buen sito, lo más cerca posible de la pantalla.

Las películas eran en blanco y negro,  mudas y subtituladas, de ahí, la importancia de poder coger un buen sitio, para poder leer los diálogos; aunque para mí, pasaban muy deprisa las letras y si leías, no veías la imagen. Con otra condición, la mitad de los espectadores quedaban de frente a la pantalla, mientras que la otra mitad, quedaban en la parte de atrás de la pantalla, donde al ser una tela, la pantalla se seguía reflejando la imagen, pero los letreros se leían al revés, salían como en un espejo. Pero era cine y también ahí nos colocamos para verlo.

Posteriormente, el cine con más comodidades fue el que veíamos en invierno en el teatro y en verano el de Morales en frente del hospitalillo de toda la vida.

Con su agradable olor de los pericones, con su gran pantalla, su repostería y esa iluminación que siempre buscaban las parejas para cogerse de la mano y tener un poco de intimidad.

También recuerdo el cine que daban los Carmelitas, en el antiguo convento, lo que hoy es Agraria. Luego, en el colegio nuevo, hasta no hace mucho. Cine de invierno y de verano.

Recuerdo las películas buenas de Sara Montiel, como “El último cuplé” y las de Sofía Loren. Una que gustó mucho fue la de “Dónde vas Alfonso XII” con Paquita Rico y Vicente Parras.

Estas películas se estrenaban un domingo o coincidiendo con una fiesta grande, como la Virgen del Carmen; y se mantenía, repitiéndola durante toda una semana.

El cine de verano gustaba mucho, sobre todo a segunda hora;  nos llevábamos las rebequitas, por si hacía un poquito de frio y las toquillas para las piernas. Con nuestro buen bocadillo que servia de cena con la “gaseosa” que venia en aquellas míticas botellitas de cristal con aquel tapón de cerámica blanca, sujeto con unos enganches de alambre fuerte, que cerraba herméticamente, y que  comprábamos en la repostería a la hora del descanso, cuando encendían las luces. Momento que amenizaban poniendo música, las canciones más populares del verano. Y así fue el cine en Almodóvar.

P.- Nos  has hablado del cine. ¿De qué otras diversiones disfrutaba vuestra generación?

R.- En fiestas, había baile. En el jardín era para los “señoriítos”. Lo cerraban y lo adornaban muy bien, traían buenas orquestas y costaba más caro la entrada. Había otro para la gente así, mediana,  donde estaban las antiguas escuelas, en la corredera; eran dos escuelas muy grandes, para muchachos. Y luego  el de San Benito,  que pusieron de nombre “el baile del orujo”, porque se bebía más que se bailaba.

A mi ese no me gustaba. Luego aquello ya se perdió y allí metían las cosas de los hortelanos, las artesillas, las romanas, las mesas de los carniceros. Era el almacén para guardar todos los útiles del mercado, que todos los días se montaba en lo que es la plaza de la Trinidad, a los pies de la Iglesia. Allí ponían sus puestos los hortelanos, los carniceros, los pescaderos; con sus toldos y sus carros, las cestas de mimbre y todos los enseres.

Venían de la Aldea de Calatrava con sus tomates en aquellos carros a vender a nuestra plaza. Allí nos acercábamos a comprar los vecinos, con el bullicio propio y este encuentro que también formaba parte de la diversión y la vida del pueblo.

Contaba mi madre que San Benito fue la Ermita más antigua de Almodóvar, decían que más antigua aún que la Iglesia.  La tiraron y ahora no es nada.

P.- ¿Cómo eran las fiestas de carnaval en su juventud?

R.- Eran muy bonitos aquí los carnavales entonces. Estábamos deseando que llegaran porque venían las estudiantinas de otros pueblos y las nuestras salían a otras localidades.

El primer día las estudiantinas de Almodóvar lo pasaban recorriendo las calles, tocando, cantando y bailando. Sabéis qué entusiasmo cuando sentíamos música; salías a la puerta de la calle.  Se paraban,  en el altozano, luego donde echan la candelaria, aquí en mi calle.

Se abarrotaban las calles  de gente y nos daban los romances o  letrillas de las canciones que ellos cantaban. Nosotros las aprendíamos de memoria.

Recuerdo una estudiantina que vino de Hinojosas, todos vestidos de gitanos, con niños pequeñitos apoyados en las caderas y los que no tenían niños, muñecos muy grandes; ataviados todos con trajes de colores, muy alegres.

Todavía me acuerdo de las letrillas de aquellas estudiantinas:

“Los gitanos por la noche, robamos caballerías,
y otros roban los millones, en capitales de día”.

“Las niñas pelan los mimbres, el abuelo los remoja,
y así se forma la cesta que sirve para guardar ropa.
Salimos a venderla y no nos la quieren comprar,
la tenemos que ceder por un pedazo de pan.

  
P.- Cuando llegaban estos días, previos a la celebración de las fiestas de septiembre,  cómo  vivían aquellos momentos  para preparar los dulces, las comidas, confeccionar los vestidos que iban a estrenar en estas fiestas…

R.-  Tras estar todo el verano en las tareas fuertes de trilla, siega y recogida del grano, teníamos unos días, antes de las fiestas, para preparar todo lo necesario.

Nos hacían un vestido y ese vestido nos valía para dos o tres años, o más; y ese vestido lo estrenábamos en fiestas de septiembre para los tres días grandes: Virgen del Carmen y nuestros Santos.

Nos paseábamos todos los día guapas; cuidando que no se estropeasen y a guardarlo hasta otro año. Para los días de encierros ya no nos arreglábamos tanto.

Íbamos a la procesión, y decíamos las muchachas jóvenes, vamos a ponernos en esta acera, que por ahí va a pasar ahora, Lolita Vega. Llevaba unos vestidos con unas pamelas preciosas, sus bolsos, los collares; era como la pasarela de Paris.

Entonces no teníamos revistas de modas ni televisión y cuando veíamos a personas vestidas con aquella elegancia nos entusiasmaban llamando muchísimo nuestra atención.

Los encierros comenzaban a las 12;  y a las 11 ya estaban las eras de Marta que no se cabía: Viejos,  jóvenes, mujeres y niños.

Había mujeres muy toreras, pero yo era muy miedosa y en cuanto decían: ¡ya vienen  por la chorrera, ya se ve el polvo!, yo ya me iba.

Para poder ir a todo, preparábamos con tiempo las comidas y los dulces: Pisto, ensaladillas, asadillos, berenjenas curadas, las galletas, los enaceitados, las magdalenas.  Lo  teníamos todo preparado para poder asistir a todos los festejos.

Las fiestas de septiembre era de lo poquito que disfrutábamos, las celebrábamos mucho y no podíamos perdérnoslas.

Después de los encierros, a la plaza a ver los toros, con nuestras sillas. La que teníamos la suerte de tener un familiar en la plaza, podíamos dejarla en su casa y no teníamos que ir con ella desde casa para luego ver el cine.

P.- Han terminado las fiestas. Queda el pueblo silencioso y hay que volver al trabajo.

R.- Al terminar las fiestas, todos a vendimiar, en familia. Recuerdo que era yo muy chiquitina y en aquel entonces no había tanto dinero como  ahora y mi padre me decía: “hija eres muy pequeñita, pero aunque sea para coger dos gajitos y echarlos a la espuerta…

Las mujeres de Almodóvar hemos trabajado mucho en el campo con nuestras familias, ayudando a los padres a los maridos.

El ama de casa rural ha compaginado las tareas de la casa, el cuidado de los hijos, como cualquier mujer y además la doble tarea de las labores agrícolas.

Las mujeres hemos trillao, hemos cogido garbanzos, hemos vendimiado, cogido aceituna…, en fin hemos colaborado todo lo que hemos podido. Nuestras vidas siempre han estado unidas a la agricultura, hasta en los momentos más importantes como  era elegir la fecha de nuestra boda.

P.- Cuéntenos, cómo fue su boda. ¿La novia vestía de blanco o de negro?

R.- La que íbamos de blanco… eso era un lujo. Y la que iba de luna de miel, eso ya…A mi me criticaron mucho por ir. Qué deciros, entonces la luna de miel, no existía.

Como os he dicho antes, nos casamos en octubre y teníamos pensado ir de viaje de novios a Zaragoza, a la Virgen del Pilar; pero unos días antes de la boda, se presenta mi suegro a hablar conmigo y me dice: “Teresita que venia a hablar contigo”.

 -“Pues usted dirá

-“Pues que como Bautista es el que lleva la labor, ¿por qué no  dejabas que sembráramos  y luego ibais a la luna de miel?”.

Y que le decías… Una novia joven, con toda la ilusión y pensando que no hubiera ya viaje. Le conteste: “Lo que ustedes quieran”.

Nos casamos el 26 de Octubre y nos fuimos luego el nueve de noviembre. Allí estuvimos nueve días, luego vinimos a

Madrid tres días, en casa de una familia.

Un vecino de mi suegra, al enterarse que íbamos a Zaragoza, dijo: “Anda, allí tengo yo un sobrino que es militar. Querrían llevarle un paquetito”.

Y el paquetito era media libra de chocolate “Dulcinea del Toboso”.

Con el frió que hacía en el mes de noviembre y a otro día de llegar…” “Bautista, tenemos que llevar el paquetito al militar. ¡Y donde está el cuartel! Nos indicaron: “cojan ustedes el Ebro, y ya verán ustedes el cuartel”.

Con un frío,  un vientecillo, un agüilla, una nieblilla, y yo con mi bolsita de chocolate. Cuando llegamos al cuartel, dijimos ¡Bendito sea Dios y Bendito sea su Santo nombre. “Venir a un kilómetro de la capital a traer media libra de chocolate”.

Pero el muchachito se puso muy contento y al día siguiente se presentó a por nosotros para enseñarnos toda la ciudad, haciendo de guía. Vimos compensado nuestro encargo.

Así eran las familias de entonces; imaginaos  ahora, pedirle a alguien que vaya de viaje de novios con semejante recadito.

P.- ¿Seguían siendo los padres los que influían en la vida de los hijos, a pesar de estar casados?

R.- Cuando nosotros nos casamos, mi marido se quedó con los padres, como de criao; llevando la labor que tenían. Yo puse la cama en casa de mis padres; yo comía con mis padres y él con los suyos. Su sueldo consistía en tres mil pesetas y la comida. Por estar todo el año trabajando. Y a mi mis padres, también me mantenían, porque aquel dinero había que estirarlo mucho.

Los padres eran los que tenían el dinero, tuviesen más o tuviesen menos; eran los dueños de la hacienda; entonces los demás: el hijo, la hija, la nuera, los nietos, todos dependían de ellos, que eran los que tenían el poder económico.

No te podías oponer a este estilo de vida, porque venía de tradición de siglos y se daba en todas las familias.

Al nacer un hijo, a la hora de ponerle el nombre, era tema de consenso familiar. El primogénito llevaría el nombre que eligiera la familia paterna; normalmente el de los abuelos o algún familiar fallecido, sobre todo si había muerto joven. El segundo hijo correspondía la elección a la familia materna y como normalmente las familias eran numerosas, pues había nombres para contentar a todos.

En esto siempre había personas más dialogantes, si veían que su nombre no gustaba demasiado a los nuevos padres, transigían. En otros casos el pobre muchacho cargaba con el nombre más raro y feo que podía existir, pero se cedía por no enemistarse con la familia.

Las nuevas parejas, que se casan hoy, llevan de todo desde el mismo día de la boda: casa propia, con todos los detalles y lujos, su coche, su gran viaje de novios al extranjero y cuanto más largo y más raro suene el nombre donde van, mejor.

Yo recuerdo  la habitación  donde puse mi alcoba. Muy hermosa, en ella, cuando nacieron mis hijos,  puse dos camitas hasta que se fueron haciendo mayores. En frente el comedorcito y mi hermano Antonio y mi cuñada María en la habitación que da a la calle y mis padres en la otra habitación a la calle. Por eso las familias tenían mucha convivencia.

Siempre que han venido amigos nuestros, que no han sido de este ámbito rural, de otra geografía, se han extrañado porque en las casas eran tan grandes el corral, el patio y luego la vivienda, las habitaciones, relativamente pequeñas. Tiene su lógica; ¿quien nos daba de comer a la familias agrícolas?; pues los animales. Dependías de la labranza y había que acomodarlos preferentemente, aunque a quien no lo haya vivido les pueda extrañar.

Cuando había  que realizar cualquier compra para la familia, se suspendía ésta; si se había muerto una mula o cualquier otro animal, había que comprar otro y eso era lo primero.  Lo veías bien, pues era una misma cultura en todas las casas y todos los miembros de la familia lo compartían aunque fueses niña.

P.- Para muchos jóvenes oír contar todas estas tradiciones les sonará extraño. De la misma forma que para usted y su generación han tenido que adaptarse muy deprisa a tantos cambios en la vida de hoy.

R.- Si les contáramos a los jóvenes muchas de nuestras historias se harían de cruces.

Fue mi padre muchos años presidente de la hermandad de la Virgen del Carmen.  Me acuerdo que estábamos trillando en la era y sentía las campanas del Carmen a la doce de la mañana y decía “Hija da una vueltecita con la mula que me voy a la misa” Y recuerdo un día que vino escandalizao y me cuenta: “Hija mía, quien será una muchachita joven que salía delante de mi con las manguitas por el codo.¿ Es que no podía ponerse unos manguitos?”  Yo lo intentaba calmar, diciéndole “pero padre…” y Él repetía: “es que lo he visto yo, hija, es que lo he visto yo, dentro de la Iglesia
Ahora pienso…“Padre, si vivieras ahora y vieras como van las muchachitas”.

Mi padre fue un hombre muy religioso y ese sentir nos lo trasmitió a los hijos. Recuerdo mi hermano cuando estuvo enfermo del estómago, lo operaron   en Ciudad-Real a vida o muerte. Nos decían los médicos que si salvaba su vida sería  por un milagro. El hizo la promesa a la Virgen del Prado de ir a rezarle un rosario, en su día, durante toda su vida.

P.- Hemos oído hablar de ese rosario a la Virgen de Prado.

R.-   Comenzó en el año 1.945. Cada año se iban animando más y más gente a acompañar a mi hermano en su promesa. Lo que empezó en una promesa personal, se convirtió en una peregrinación; tanto es así que venían a que mi hermano les informase sobre la hora a la que saldrían, así como el punto de partida. Como pionero de la peregrinación.

En la Molineta de Jacinto, ahí nos juntábamos todos los que íbamos a Ciudad-Real,  andando. Se salía el 13 de Agosto a las cinco de la tarde, con el calor que hacía. Íbamos por el camino Real y hasta llegar a la laguna de Caracuel, siempre apartándonos de la carretera, pues a pesar del polvo, era más cómodo el camino de tierra que el asfalto.

Nuestra primera parada era  en la casa que  Irala, tenía en Caracuel, yendo de Almodóvar en dirección a Ciudad-Real a mano Izquierda. Tiene un escudo heráldico que todavía se conserva. Francisco y Josefa, eran los guardeses y allí nos parábamos a cenar y descansar. De nuevo nos poníamos en marcha, toda la noche caminando.

Qué alegría cuando veíamos a la entrada de Ciudad-Real los álamos blancos. Como recordareis a ambos lados de la carretera, para enmarcarla, pintados de blanco sus troncos.

Durante el camino se rezaba el rosario, la letanía, se cantaba…

Todo este camino se realizaba llevando en nuestra mano, como único equipaje, nuestro almuerzo y nuestra ropita limpia para cambiarnos al llegar, en una pensión donde se hospedaban los toreros, en la Capital, para las fiestas.

Una vez allí, derechos a la Catedral a dar gracias a la Virgencita del Prado; cada uno de nosotros en particular por los bienes  que había recibido y, luego, regreso a Almodóvar, muy contentos y satisfechos hasta el año siguiente.

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Damos las gracias a Teresa y su familia que tan cariñosamente nos han recibido en su hogar, compartiendo con nosotros tantas vivencias y recuerdos entrañables.